Hoppo! Otra arista del polifacético Rubén Albarrán

Altamente recomendable leer mientras escuchamos algo de ellos:

Hoppo! Es la banda “alternativa” de Rubén Albarrán, el cantante mil alias de Café Tacvba. Aunque antes de ver este show no sabía de su existencia, hoy puedo decir que fue una de las mejores experiencias con la música que tuve en la vida.

Ni bien llegué, al ubicarme en mi asiento, tuve tiempo de analizar la puesta en escena. Un escenario (al igual que la sala, en la Usina del Arte en Buenos Aires) creado para una orquesta sinfónica, totalmente libre y limpio, con asientos para el público incluso arriba del mismo. En el centro y como única “decoración”, los instrumentos: contrabajo, guitarra de concierto, xilófono, percusión de folklore (incluidos dos bombos legüeros) y un sitar. Ninguna pantalla, ningún amplificador, ningún micrófono en los instrumentos, ningún micrófono para el cantante. Nada mal, ¿no?

Media hora después de lo pactado (buen tiempo para generar expectativa sin desesperar), en una sala atípica y a medio llenar, hace su aparición el elenco. Si bien un recinto con asientos siempre genera cierta “intimidad” con el público, Rubén nos habla muy directo, viéndonos a cada uno a la cara, y de inmediato genera un clima de reunión de amigos. Esa humildad y camaradería (que aunque no nos hablaron también nos transmitieron el resto de los músicos) serán el sello de la tarde. Y me siento orgulloso de haber sido uno de los 700 invitados a la casa de Hoppo ese día, más aun siendo que el anfitrión es Rubén, miembro ni más ni menos que -para mi gusto- de una de las dos bandas (junto a Soda Stereo) que más han trascendido de América Latina, sin atarse jamás a un género específico, siempre experimentando y gozando de hacer música.

Rubén presenta a todos: Rodrigo “Chino” Aros, sitar; Juan Pablo “Muñeco” Villanueva, Guitarra; Gian Carlo Valdebenito, contrabajo; Carlos Icaza, percusión. Después pasan unos segundos raros de silencio donde nos mira a cada uno y nos va saludando con la cabeza mientras explica lo que vamos a vivir: en sus propias palabras un viaje espiritual a través de la música, navegando desde el folklore rebelde y latino de los años 60 y 70 hasta los confines del universo.

Porque el tema del viaje lo dominan muy bien. Con las luces muy tenues y la música derramándose desde las manos de los músicos a través de sus instrumentos, pero de forma muy pura, sin alteraciones de ningún tipo. No se amplifica, no se maltrata, viene directo desde la vibración del material del instrumento. Y así es muy fácil dejarse llevar, y más aún con un público sumamente respetuoso, siempre acompañando, a veces en silencio, por momentos con coros suaves o incluso cantando; pero siempre como uno más, viviendo el momento junto a los intérpretes.

Rubén nunca dejó de acercarse: cantando en los pasillos, desde arriba nuestro, desde el fondo del teatro… y siempre atento a sus invitados, preocupado porque la pasemos bien. Y lo más importante: vive el momento. Hace lo que le place. Y eso es hermoso, y nos conecta. La noche transcurre en un estado de conexión profunda, pasan casi dos horas y en un momento parece evidente que las normas dictan que se termine. Peeeeerooooo…

Siempre hay un pero, en este caso hubo una última canción con una introducción que nos llevó a pensar en el eterno enemigo de la gente (la muerte), pero de una forma reconciliadora, de comprensión. La música se volvió tan parte nuestra como de quienes la ejecutaban. Y la palabra clave de la noche fue sutileza… música que conecta con el alma. Y en ese momento fue algo magistral.

Ahora se despiden, pero todos (incluidos ellos) aplaudimos. Acabamos de vivir un momento mágico, y nos lo debemos entre todos.

Se supone que “se van”, pero sabemos que vuelven. Aplaudimos varios minutos y no es por compromiso, ¡estamos muy contentos! Al regreso Rubén hace una sugerencia que cierra la noche haciendo que todo roce el límite con los sueños: nos invita a todos a subir al escenario, sentarnos alrededor de ellos, ser parte de ese fogón sin combustión que se llama música. Y es OBVIO, ¡obedecemos! Pero no es sumisión, es compromiso con el momento. Y los minutos pasan, y las canciones nos envuelven, y todos bailamos en el escenario, y hacemos una ronda. Nadie nos obliga, queremos, estamos conectados.

El que me lea con calma, me va a entender, todos tenemos ese momento, a mí me lo regaló Hoppo!

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